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MICRORRELATO: "EL PILOTO DORMIDO"

 Hoy quisiera publicar un artículo especial en mi blog. Especial porque no se trata de ningún reportaje dedicado a un clásico, ni tampoco algún post de opinión, galería fotográfica, etc. No, nada de eso. Hoy quisiera contaros una historia; un relato ficticio con el mundo del automóvil como transfondo y cuyo objetivo es simplemente el de que paséis un buen rato leyéndolo. Espero que os guste.


 EL PILOTO DORMIDO


Cuando me preguntan desde cuando me gustan los coches nunca sé qué responder exactamente: "desde que era muy pequeño" suelo decir. ¿Y el motivo? No creo que este tipo de pasiones tenga una explicación de ser; supongo que naces con ello, como si el culpable fuese un cromosoma que todavía no ha sido hallado. Sin embargo, mi caso va mucho más allá. Vale, seguro que todo el mundo piensa lo mismo, que no hay nadie en el mundo al que le guste más los coches que a él... Pero como he dicho, mi caso es especial.

Todo comenzó un fatídico dia de verano. Tan sólo tenía 5 años, y desde entonces ya me encantaban los coches... Yo no me acuerdo muy bien, la verdad, pero mi madre muchas veces me ha contado que siempre me las ingeniaba para esconderme algún coche de juguete con el objetivo de jugar con él durante el recreo mientras los demás chicos jugaban al fútbol. Es más, no sé cuantas veces me habrá recordado que cuando volvíamos caminando para casa, siempre iba con la atención puesta en todos los coches que estaban estacionados en la acera para nombrar las marcas a las que pertenecían mientras señalaba el emblema de su frontal.



De lo que si me acuerdo es de no perderme las carreras de Fórmula 1 por la televisión, tanto, que podía llegar a coger una pataleta de escándalo, e incluso romper cosas, con tal de no perderme a ese piloto brasileño que montado en su coche negro con líneas doradas adelantaba a todos los que tenía por delante. Y también me acuerdo de mis amadas revistas de coches que mi padre me traía cada inicios de semana cuando volvía del trabajo. Qué recuerdos... me podía pasar horas y horas contemplando decenas de veces las mismas páginas. Al principio creía que mi padre lo hacía con el objetivo de que me quedase quieto y no estuviera haciendo trastadas por ahí, ya que era un niño de culo bastanque inquieto, pero con el tiempo llegué a comprender que gracias a esas revistas fuí el chico que mejor leía, con diferencia, de toda la clase.

Pero como he dicho, aquel día de verano estuvo a punto de cambiarlo todo. Lo único que recuerdo claramente es el estremecedor chirrido que aquellas ruedas provocaron cuando comenzaron a derrapar y que me paralizaron por completo. Sinceramente, creo que debo agradecer que no me acordase de nada más, porque desconozco cuantas veces mis padres me han narrado que salí disparado como si de una pelota de goma se tratase y que mi pequeño cuerpo, inmóvil e inconsciente, flotaba en un charco de sangre que tardó pocos segundos en formarse. Me estremezco con sólo imaginar los gritos y lágrimas de desesperación que mis padres tuvieron que mostrar en aquel momento en el que pensaban que único hijo se había dejado la vida sobre el asfalto. Ironías del destino; era un enamorado de los coches, y un coche casi acaba con mi vida ese día.

Pero no... no fallecí... Milagrosamente seguía vivo cuando llegó la ambulancia, la cual según mi madre tardó una eternidad, pero yo creo que se le hizo el tiempo largo debido a la angustia. Rápidamente me llevaron al quirófano para tratar mis graves heridas, sobre todo las craneoencefálicas; los huesos rotos de las restantes zonas de mi cuerpo podìan esperar un poco más... Sin embargo, tras la operación entré en estado de coma profundo y los médicos no podían establecer cuando volvería a despertar. Mañana...pasado... tal vez en unos meses, o nunca...

Durante los tres primeros meses de mi sueño nada cambió. No daba síntomas de mejoría alguna, pero tampoco empeoraba. Poco a poco fui haciéndome más conocido en el hospital; las enfermeras llegaron a apodarme como el "bello durmiente" y tras varias peleas burocráticas, mis padres consiguieron que me trasladasen a una habitación privada. Y fue entonces cuando a mi madre se le ocurrió una idea... según ella, la mejor idea que ha tenido en su vida, a pesar de la oposición inicial de padre. 

Convertiría aquella habitación de hospital en mi dormitorio, sin importar cuantos médicos se opusiesen. Y para ello tuvo que hacer frente a una decisión dura: la de admitir que todo lo relacionado con los coches, aquello que tanto mi padre como ella comenzaron a odiar tras mi atropello, era lo que, paradójicamente, más amaba. No dudó pues en trasladar al hospital todos los pósters que tenía en el dormitorio, mis coches de juguetes, los dibujos de automóviles que me inventaba .... Pero eso no fué todo. Echó para un lado los libros de cuentos que me leía por las noches (según ella, antes de que llegase la hora de irse a dormir) y los sustituyó por mis amadas revistas con las que aprendí a ser el mejor lector de la clase. 

Mi madre dice que no sabe si fue casualidad, milagro, o realmente resultó ser una terapia curativa, pero desde aquel día comencé a reflejar síntomas de mejoría. Qué llegaba a esbozar una leve sonrisa cuando ella pronunciaba las palabras Ferrari o Lamborghini, o que incluso apretaba levemente las manos cuando situaba alguno de mis coches de juguete sobre mi palma. Los médicos decían que era imposible, y que las pruebas no reflejaban síntoma alguno de mejoría, pero mi madre no les creía, es más, se las apañó incluso para que hubiese una televisión en mi cuarto en la que poder ver a mi piloto favorito vencer otra carrera de Fórmula 1



Y así pasaron dos meses más; dos meses en los que mi habitación del hospital fue llenándose poco a poco de pequeños juguetes con cuatro ruedas y diversas revistas gracias a la generosidad de las enfermeras y algún que otro médico. Había dejado de ser "el bello durmiente" para ser conocido como el "piloto dormido". Mi habitación se había convertido en todo un templo o museo del motor, por lo que llegué a ser tan conocido en el hospital que mi madre tuvo entonces una genial idea, la de invitar a quien quisiera a ver la última carrera del mundial de Fórmula 1 en mi habitación, algo que, según me recuerda, tuvo bastante éxito, sobre todo con los pacientes que no tenían televisión en su cuarto.

En mi habitación se pudieron reunir perfectamente de veinte a treinta personas, cada una buscando un sitio para estar lo más cómodo posible, aunque eso sí, mi madre siempre sentada a mi lado cogiéndome fuertemente de la mano. La carrera estaba a punto de comenzar. Tras la vuelta de calentamiento los pilotos se dirigían a sus correspondientes lugares de salida. Mi madre pidió entonces a un delgado anciano al que habían operado de traqueotomía que subiese el volumen, ya que a mí me gustaba escuchar las carreras con el volumen alto, aunque eso a ella le producía dolor de cabeza. Los pilotos ya estaban situados, el semáforo en rojo, y conforme el anciano subía el volumen del televisor el estruendo de los motores retumbaban por las paredes de la habitación... Semáforo en verde, los pilotos aceleraron a fondo... y entonces... ¡desperté! Evidentemente, no me iba a perder como mi piloto favorito ganaba la última carrera de la temporada.

Comentarios

  1. Un bonito relato, cuantos pequeños pilotos habrá luchando por sus vidas en estos momentos. Qué afortunados somos!

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    1. ¡Muchas gracias! Y sí, como suelo decir, la salud es lo que menos apreciamos pero lo que más echamos en falta cuando carecemos de ella.
      Un saludo;

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  2. Una historia conmovedora, pero refleja perfectamente la pasion que a muchos nos produce todo aquello relacionado con el motor y la velocidad.
    Espero este sea el primero de muchos relatos.
    un saludo.

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado. Hacía ya tiempo que la historia me rondaba por la cabeza, pero no me había atrevido a plasmarla.
      Un saludo ;)

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  3. Bonita y conmovedora historia.....un saludo desde huelva

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado. A ver si volvemos a vernos pronto ;)

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